El estadounidense Walter Freeman (1895-1972) es considerado un precursor de la lobotomía, llevando a Estados Unidos y aplicando la técnica del portugués António Egas Moniz (médico que ganó el Nobel de medicina en el 1949). Feeman, con su "técnica del picahielo" introducía un estilete (en sus principios usó un picahielo) por la órbita ocular (entre el ojo y la parte del hueso bajo la ceja) y removía destruyendo parte del lóbulo frontal de ambos hemisferios.
Inicialmente se aplicaba a pacientes con esquizofrenia grave e intratable o depresión severa pero más tarde lo practicaba a todo tipo de pacientes con problemas de conducta, adolescentes rebeldes e incluso a personas normales que simplemente tenían una mirada amenazante. Y en efecto, las personas tratadas, sin perder muchas de sus funciones y estructuras vitales, quedaban "más tranquilas".
Viajó por los Estados Unidos en una furgoneta (que llamó lobotomóvil) realizando más de 3000 lobotomías. Creía que la causa de los trastornos era un exceso de emociones en la corteza prefrontal. Se sacrificaba parte de la capacidad intelectual para curar el problema psiquiátrico.
Cuidado con estos dos. Son muy explícitos.
Fue una solución bien aceptada en su momento porque a los enfermos psiquiátricos se les hacinaba en hospitales y muy a menudo no recibían muy mal trato. El electroshock era también un método muy usado.
En Europa se prohibió en los 60 por atentar contra los Derechos Humanos y progresivamente se sustituyó por los psicofármacos (menos agresivos pero en el fondo tienen un efecto similar)
En la universidad de Yale, Stanley Milgram realizó un experiento de Psicología Social en el que investigó cómo puede modificarse nuestra voluntad obedeciendo órdenes que entran en conflicto con nuestra conciencia.
Película completa en versión original (inglés): Adolf Eichmann fue condenado a muerte por crímenes contra la humanidad cuando fue considerado responsable directo de "la solución final" del holocausto judío. Preguntado, respondió que "él solo estaba cumpliendo ordenes". Pero no fue solo él quien llevó a cabo esa barbarie, y todos los cargos y soldados investigados respondieron lo mismo, que no era responsabilidad suya y que ellos solo cumplían las órdenes de un superior.
Milgram quiso investigar hasta qué punto el ser humano es capaz de cometer crímenes contra su voluntad, excusado su acción con la obediencia.
Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.
Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)
En el libro de texto tenéis el relato del experimento y sus terribles conclusiones. Y aquí unos cortos vídeos